18 nov. 2011

LA NOCHE DE LA GOLONDRINA


Quizás nunca debí parar. Sin embargo, lenta, pero inexorablemente, la aguja en mi salpicadero amenazaba con tocar fondo antes de poder llegar al motel donde pasaría la noche. Una reserva por teléfono y pocos datos: "cuarenta minutos tras cruzar la frontera de Nuevo Méjico, en la 66... verá un gran luminoso de neón azul en forma de pájaro…" Motel Blue Swallow Una golondrina azul en medio de la nada. "Habitación para uno y sí, me iré temprano"… ¿Ruido aquí?, No demasiado…

Había conducido durante casi 500 kilómetros, atravesando parte del desierto de Mojave y el estado de Arizona sin llenar el depósito, y habiéndome cruzado en todo el trayecto tan sólo con media docena de estaciones de servicio. Por ello, cuando, a lo lejos, distinguí el destello de lo que parecía ser una, me dispuse a detenerme, aliviado, alegre, apurando una botella de bourbon en miniatura que viajaba en el asiento de al lado. Subí la música y el ritmo trajo a mi cabeza instantáneas de días anteriores: las blanquísimas carcajadas de Ana en San Francisco, el viaje a lo largo de seis estados en este mismo Dodge de alquiler, la noche en Nevada, luces y más luces, las fotos en Las Vegas, mi traje manchado de vino sobre la silla de aquella habitación de hotel…

Detuve el vehículo junto al surtidor más cercano a la pequeña cabina del encargado. Tan cerca, que pude ver su rostro de refilón, medio escondido tras la mugrienta pantalla de un ordenador  obsoleto que parecía caber a duras penas en el claustrofóbico habitáculo. Dejé la puerta abierta al descender, y la música se desparramó en el silencio de una noche que comenzaba a ser fría. ¡Lleno!, grité, convencido de que el hombre podría oírme sin necesidad de asomarme a su ventanilla. En realidad, ni siquiera giré la cabeza, ocupado como estaba en intentar poner orden dentro del coche, inundado con bolsas y envases de la comida para llevar que había engullido durante el trayecto. Supe que me había escuchado cuando sentí sus pasos detrás de mí y le oí extraer la manguera de su alojamiento en el surtidor.

El primer golpe sólo produjo sorpresa, aunque fue duro y en mitad de la espalda. No caí al suelo hasta el tercero, en la parte posterior de las rodillas, y tras un segundo que esquivé con el brazo. Entonces pude verle, sólo unos instantes, antes de que apretara el gatillo de aquella manguera e inundara mi rostro de combustible. También le oí reír, antes de perder el sentido y tras haberme golpeado fuertemente en la cabeza.

Cuando desperté estaba atado, sentado en el suelo de la pequeña cabina. Las pequeñas ventanas que la rodeaban, ahora por encima de mi cabeza, me impedían ver qué sucedía fuera. Miré a mi alrededor: El espacio, de escasos cuatro metros cuadrados, era blanco en su totalidad, aunque el polvo y el humo de muchos cigarrillos fumados en su interior le habían dado una tonalidad grisácea. Unas botas de agua compartían rincón conmigo, restos de pan y otros alimentos salpicaban el suelo, y colgada en una percha descansaba una sucia gabardina.

Entonces oí sus pasos. Entró en la cabina y permaneció mirándome unos segundos, antes de agarrarme por las cuerdas y arrastrarme al exterior. Vi mi coche ardiendo a unos cien metros, las llamas elevándose en el negro de la noche. No me habló hasta que yo no lo hice. “¿Va a matarme, no es así?” –pregunté-. “No, claro que no. Yo no me encargo de eso”, fue toda su respuesta. Acto seguido, trajo del interior una enorme bolsa de plástico en la que me introdujo, tras amordazarme y asegurar fuertemente mis ataduras. Sentí como me arrastró aún unos metros más, para después depositarme dentro del contenedor de basura que, junto a los surtidores y el sucio cuchitril, constituía todo el mobiliario del lugar. Oí sus pasos alejarse. Después, el silencio absoluto.

Supongo que alguien, durante las próximas horas, me habrá de recoger para ser volcado en un enorme camión donde seré triturado. Si ha de ser así, espero que no tarde mucho… La noche es gélida en el desierto. Y aquí dentro apesta. La risa de Ana es hermosa… Ya lo creo que sí. Y ganamos dos veces en la mesa de backgamon… Fue genial. En el coche han ardido las fotos, y también el traje que no tuve tiempo de mandar a limpiar… Esto está tan oscuro. No hay luces como en Las Vegas… Sólo espero que en el Motel Blue Swallow, una golondrina azul en medio de la nada, sean comprensivos con mi ausencia, y que el seguro del Dodge cubra este tipo de imprevistos.





Este relato ha sido inspirado por el trabajo fotográfico de William Knipscher y Thomas Le Rose


16 nov. 2011

ETHEL, 8:30 PM


Ethel ha conocido tiempos mejores. Sin ir más lejos, allá por los cuarenta apuntaba maneras en un par de antros de la ciudad. Cantar y bailar, también beber, a menudo hasta tarde... Y ya, apenas amaneciendo, el trabajo que no perdona. Esa maldita, maldita fábrica donde ganarse y malgastar la vida...

Y sin embargo ahora nada de eso importa. Nada porque ahora, y ahora como cada día, el paseo de las ocho devuelve como antes todo su esplendor a Ethel. ...Ethel, que elige con esmero su atuendo. Que, con mano temblorosa, se maquilla ante su espejo... antiguo amigo que, cómplice y bondadoso, le regala una imagen hace treinta años congelada... Luego, al salir, aquel bullicio... y aquella gente que la observa -su público, piensa-. Y justo entonces, bajo el cielo plomizo de la gran ciudad, su mejor sonrisa...

Fue así, abrazada por el aplauso de claxons y multitudes, como la encontré aquella tarde. Y es así como la recordaré... No me hizo falta convencerla para posar: "también fuí modelo de artistas", me dijo, tirando al suelo un cigarrillo que apagó bajo su zapato de charol blanco. Se hace entonces, ágil y alegre, un hueco entre el tráfico y apoyada en un coche me grita "¡dispara, encanto!"

Aún tiene fuerza en la voz. Su salud es buena, como la piel de su anticuado bolso de marca.